viernes, 30 de noviembre de 2007

UN ARTÍCULO DE INTERÉS PROFESIONAL

Por qué soy un docente adventista
Warren S. Ashworth, Ph. D.
Profesor de Religión en el Colegio Superior de la Unión del Pacífico
Angwin; California, E.E.U.U.
Revista de Educación Adventista, Nº 19: 2004; pp. 8-12


Uno de mis primero recuerdos al llegar a ser adventista a los 16 años de edad, fue escuchar en la radio, completamente cautivado, a H. M. S. Richards padre. De igual modo recuerdo a Del Delker cantando una canción en la cual se añora el cielo. Es el sentimiento de un peregrino cansado de la tierra, deseoso de reposo eterno.
Mi perspectiva sobre la historia con su acción y reacción de eventos humanos, las conclusiones estudiadas a las cuales he llegado, todo lo que enseño, todo lo que soy y lo que hago, han sido impactadas por mi perspectiva celestial. Es decir, mi impresión de ser un “peregrino” con un futuro que literalmente es “extraordinario”, “celestial”.
“Yendo a casa” expresa una perspectiva de otro mundo que inevitablemente nos pondrá fuera de sincronía con respecto a la mayor parte de lo que sucede a nuestro alrededor. Transmite un enfoque que, si se practica de manera coherente, dará forma a cada aspecto de nuestra vida dándole una orientación celestial. Aunque muchos puedan ridiculizar esta orientación, los adventistas afirmamos que es la roca fundamental de nuestro sistema de creencias. Si Jesús no es el Señor viviente que regresa triunfante, entonces no hay esperanza para pecadores como nosotros. La perspectiva de una eternidad sin dolor o muerte, sabiendo que comprenderemos los secretos del universo y continuaremos aprendiendo para siempre jamás, sólo serían una cruel ilusión. Seríamos grandes mentirosos, enseñando a nuestros alumnos y miembros de iglesia a creer que pasarán la eternidad con Él.
Pero el mismo Jesús inspiró las solemnes y a la vez tranquilizadoras palabras: “Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10). En el momento de su ascensión los ángeles declararon que vendrá otra vez de la misma manera como sus discípulos lo vieron irse, es decir de manera literal y visible. Por lo cual, por fe en la verdad de su promesa, declaramos que “yendo a casa” es una realidad que está pronta a suceder.
He aprendido algunas lecciones en mis años de docente universitario que vale la pena mencionar:

Es sabio ser humilde

1. He aprendido que es sabia ser humilde ante tantas respuestas que no conozco. Si bien trato de desarrollar en mis alumnos la añoranza por el cielo, también es cierto que “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó… son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9). Nadie puede describir el cielo plenamente. Y mientras trato de fomentar la búsqueda honesta y ofrecer respuestas razonables, estoy conciente de mi necesidad constante de humildad, ya que yo mismo busco la verdad. A menudo recuerdo a mis alumnos las alentadoras palabras de Elena G. de White según las cuales “ninguna doctrina verdadera perderá cosa alguna ante la investigación detallada… debemos ser educables, humildes, y sencillos de corazón.”[1]




La bendición de la gratitud

2. También he aprendido que es una enorme bendición poseer una actitud de gratitud. Cada situación diaria tiene su lado positivo y negativo. Si escojo permanecer en lo positivo me ayudará a que las endorfinas fluyan por mi cuerpo y pondrá una sonrisa en mi rostro y un canto en mi corazón. Cuando pienso en el mundo por venir, “el hogar de lo puro y bendito” como lo llamó un compositor, me inundo de gozo. Mientras nuestra vida actual está llena de crueldad y caos global, la Biblia me asegura que Dios está al control y que un día resolverá los problemas y nos llevará a casa. Por lo cual, con mi ejemplo, trato de animar a mis alumnos a cultivar un espíritu de gratitud.

Cada orden de Dios va acompañada de poder

3. También he descubierto que cada orden de Dios va acompañada de poder. Nuestro Padre Celestial no nos ha llamado a seguirle para luego abandonarnos, esperando que obedezcamos por nuestros propios medios. Ha prometido, “he aquí estoy con vosotros hasta el fin del mundo.” ¡Qué enorme fuente de ánimo y de fuerza para un mundo solitario y perplejo! No sólo es el Autor, sino el Consumador de nuestra fe.[2] El acabará la buena obra que ha comenzado en nosotros.

El don de la oración

4. Continúo descubriendo el maravilloso don de la oración, tanto de alabanza como de intercesión. Algunos dirán que la oración cambia sólo al que ora, pero los grandes hombres y mujeres de la Biblia fueron grandes intercesores a favor de otros: Daniel por su pueblo exiliado (Daniel 9) y Cristo por sus discípulos (Juan 17).

La hipocresía hiere el corazón de Dios

5. También he llegado a captar que la hipocresía es el pecado que más hiere el corazón de Dios. Tengo la obligación de ser para mis alumnos en cada momento, lugar y circunstancia un reflejo fiel de Cristo. Vivir lo contrario es correr el riesgo de que el Señor me diga un día, “nunca te conocí.”[3] Siempre tengo presente la advertencia de Jesús que si soy hipócrita, profesando algo y viviendo otra cosa, mejor sería atarme una rueda de molino al cuello y lanzarme al fondo del mar.[4] Le ruego a Dios que mantenga mi profesión de fe y mi práctica en armonía.

No ofenda a un hermano más débil

6. Además, he descubierto que el consejo más poderoso en la vida cristiana es la advertencia paulina de no hacer nada que pueda ofender “a un hermano débil.”[5] Cuando pienso en los jóvenes “débiles”, inseguros, confiados y menos preparados que cada año están bajo mi tutoría, se fortalece mi compromiso de ser fiel porque quiero que vayan al hogar celestial conmigo.

Años atrás, en la Universidad Andrews, la capellana Pat Morrison preguntó a un grupo de alumnos qué cambios harían en sus vidas si supieran que Cristo viene pronto, y que estarían en el cielo el año siguiente. Uno contestó, “Si supiera que Jesús viene pronto tendría que cambiar varias cosas en mi vida. No estoy viviendo mi vida para Cristo en este momento. Estoy conciente de ello. Comenzaría a actuar como un verdadero cristiano, porque al saber que regresa dentro de un año haría de Jesús una experiencia real en mi vida. Por su puesto, si fuera inteligente, comenzaría a vivir así ahora.”[6]
Muchos alumnos en nuestros colegios superiores y universidades sienten que se encuentran en una condición similar. Como miembros nacidos de nuevo del cuerpo docente adventista, qué privilegio y qué responsabilidad tenemos al permitir que los principios bíblicos y nuestra perspectiva “celestial” inspiren todo lo que hacemos. Esto abarca, la elección de los libros de lectura obligatoria para nuestros alumnos, la enseñanza de la historia dentro del contexto del Gran Conflicto que se libra en este momento, la enseñanza de la ciencia inspirada no solo por la evidencia comprobada sino también por la Palabra de Dios, la premura de adoptar un estilo de vida en armonía con los ideales bíblicos.
Como lo señala Chuck Scriven en su profundo artículo “Convicción y verdad en la educación adventista,”[7] la sociedad occidental teme cada vez más cualquier cosa que se acerque a una “convicción”, sobre todo una convicción religiosa. Y cualquiera que se atreve a adoptarla, se le califica de “fundamentalista”. Jacques Barzum, profesor en la Universidad Columbia, escribió en 1991 que tratar de inculcar “cualquier conjunto de virtudes personales, sociales o políticas” en el aula es “ o adoctrinamiento o necedad.”[8] Y en 1997, john Mearscheimer, especialista en ciencias políticas de la Universidad de Chicago declaró en un discurso a sus colegas que uno de los puntos fuertes de su institución era ser “una institución primordialmente amoral.”[9]

Los peligros del conocimiento sin sabiduría

El conocimiento sin sabiduría puede ser peligroso y conduce muchas veces a conductas aberrantes, e incluso repugnantes. Salomón declaró que “el temor de Jehová es el principio de la sabiduría.” (Concibo a la sabiduría como la habilidad de origen divino para usar el conocimiento de manera correcta). Es por eso que les recuerdo a menudo a mis alumnos que cuanto más elevado el nivel de estudio alcanzado por las personas, mas tiempo debieran dedicar a la Palabra de Dios y a mantener una relación viviente con Cristo. De lo contrario, perderán inevitablemente su equilibrio espiritual siendo incapaces de aplicar correctamente el conocimiento adquirido. Como dice Scriven “a menos que la educación desarrolle convicción, los alumnos (y al fin de cuentas, las sociedades) optarán por el camino más fácil. Si uno no permanece con lo que piensa o siente, tarde o temprano migrará hacia lo que piensa o siente la cultura dominante.”[10]
En un artículo cuyo título es “Cuando hombres instruidos matan: ensayos sobre la esencia de la educación superior,” David Patterson cuenta en Phi Delta Kappa que el 20 de enero de 1942, un grupo de 14 hombres, todos oficiales nazis, se reunieron en lo que la historia recuerda como la Conferencia de Wansee. En ella ultimaron una estrategia para el Holocausto, el plan para eliminar a los judíos de Europa. ¡No solo decidieron asesinar a los judíos, sino también acordaron extraer el oro de sus bocas, usar sus cabellos para textiles, su grasa para jabón y sus huesos para fertilizantes! ¡Y ocho de estos catorce monstruos poseían un título doctoral![11] El conocimiento amoral no establece barrera alguna a la aplicación inmoral.

El primer objeto de la educación

Así, “el primer objeto de la educación,” tal cual lo define Elena G. de White, es dirigir nuestras mentes a la revelación divina de Dios mismo.” Como la mayor revelación de Sí mismo la encontramos en la Biblia, ella declara unas pocas frases más adelante, “las Sagradas Escrituras son la perfecta norma de verdad, y como tal debieran recibir el lugar preponderante en la educación.”[12] Dick Osborn declaró en una meditación durante un encuentro sobre ciencia y fe: “somos una comunidad focalizada intencionalmente en la formación de la fe de nuestros alumnos.”[13]
No obstante, allí radica un desafío extremadamente delicado. ¿Cómo ayudar a nuestros alumnos a ser “pensadores, y no meros reflectores del pensamiento de otros,”[14] y a la vez procurar, de manera conciente, desarrollar en ellos una fe cada vez más profunda en Dios y su Palabra revelada?
Dudo que docente alguno en nuestras instituciones educativas se haya propuesto debilitar la fe de un alumno. Sin embargo he sabido de varios jóvenes que han perdido la fe en Dios y la iglesia como resultado de su percepción de cosas enseñadas en el aula. Como exhorta Elena G. de White, debemos promover que los estudiantes investiguen la verdad “por sí mismos” porque nos advierte que de lo contrario, “llegarán a ser superficiales en sus vidas y logros.”[15] Pero docentes con “mentalidad redentora”, y conscientes, que preparan jóvenes para un hogar eterno, a veces deben, citando nuevamente a Osborn, “abstenerse de manifestar públicamente la búsqueda de nuevas verdades que discrepen de la posición de la iglesia.”[16]
En un editorial cuyo título es “¿Qué hace adventista a una institución educativa?” publicado en la edición del Congreso de la Asociación General del año 2000 del Journal of Adventist Education (la Revista de Educación Adventista en inglés), Humberto Rasi enumeró aquellos factores que “nos ayudarán a concentrarnos en las características primordiales y únicas de nuestro acercamiento a la educación”: Que Dios existe y es la fuente de todo verdadero conocimiento; que la Biblia es la Palabra de Dios revelada y con autoridad; que Dios vino en rescate nuestro a través de la encarnación de Jesucristo; que Dios creó a los seres humanos como unidades integradas de mente, espíritu y cuerpo; que Dios nos creó para vivir en una relación amante con él y nuestro prójimo; que la educación adventista transmite a nuestros alumnos un sentido de eternidad, el sentido de “esperar” por ir al hogar celestial. Quizá lo más significativo, afirmó Rasi es que “en el momento de la creación, Dios le proveyó a los seres humanos Su imagen divina, la cual incluía el poder de elección. Ejercemos esta libertad dentro de un conflicto cósmico entre el bien y el mal, la verdad y el error. La verdadera educación enseña a los alumnos a tomar decisiones basadas en principios y valores permanentes e inspirados, sin tomar en cuenta las circunstancias.”[17]

Dando vida a los elementos distintivos

Estos son los elementos distintivos de la educación adventista. Pero para hacer realmente adventista a una institución educativa, estos valores y creencias deben ser extraídos de la página escrita y transplantados en los corazones de los alumnos. Esto último demanda una cirugía muy delicada. Para tal efecto es necesaria una administración bien organizada, que posea una clara visión de lo que se debe alcanzar. También se requiere un cuerpo docente comprometido y con óptima formación académica. Pero considero que el rol de los profesores es el más necesario para llevar a cabo la “operación” real. Dios nos ha confiado a los docentes el constante desafío de fomentar convicción religiosa en nuestros alumnos, mientras abrimos sus mentes al crecimiento. Estas exploraciones finalmente los conducirán a ser como el hombre prudente de la parábola de Cristo. Al caer la lluvia, crecer los arroyos y soplar los vientos golpeando la casa, no la perdió porque “estaba fundada sobre la roca.”[18]

Un ministerio sentido y genuino

¿Cómo podemos alcanzar este objetivo de manera eficaz? En su primer testimonio a la iglesia del año 1855, Elena G. de White escribió un artículo llamado “Guarda de tu hermano.” Como está dirigido a los “siervos del Señor,” sin duda nos incluye a nosotros, los docentes. Nos exhorta a “tener la verdad en nuestras almas.” Debemos recibirla “cálida desde la gloria,” llevándola en nuestros corazones, y verterla con “calor y fervor.”[19]
Comprendo por esto que lo que enseño debe igualar lo que soy. Debo creerlo de corazón y alma para transmitirlo de manera eficaz. Para establecer un “fundamento sobre la roca” que sostendrá exitosamente la estructura de la búsqueda intelectual, debo ser un docente preocupado y amante, cuyo ministerio es sincero y genuino dentro y fuera del aula.
En su monografía “la búsqueda de la verdad y la fe en la educación superior adventista,” Dick Osborn cita a Barbara Carson, profesora de inglés en el Colegio Superior Rollins, quién escribió a alumnos graduados 29 a 31 años atrás, para preguntarles que recuerdos tenían de sus profesores más competentes. Descubrió que “aunque demostraban aprecio por profesores exigentes,” los alumnos usaban metáforas de “religión y amor en lugar de la información intercambiada, para recordar a sus profesores favoritos tres décadas más tarde.” “Lo que más recordaban era la actitud, las relaciones humanas y la accesibilidad del docente en vez del contenido enseñado.” Luego hizo esta declaración provocante: “Dado todo esto, incluso una persona secular como yo probablemente debiera sorprenderse al entrar en un aula y no oír una voz proclamando desde el pizarrón ardiente la orden de quitarme el calzado. Ese lugar, con todo su potencial misterioso para cambiar vidas, puede ser lo más sagrado en estos días.”[20]

La verdad es personal

Osborn también cita a Parker Palmer, a quién identifica como “uno de los principales defensores nacionales de la necesidad de espiritualidad en educación,” Quién habría declarado: “Encontraremos verdad no en los detalles de nuestra teología o en los pactos de nuestras organizaciones, sino en la calidad de nuestras relaciones, el uno con el otro y con todo el mundo creado… La verdad, doquiera se encuentre, y cualquiera sea su forma, es personal, y debe ser conocida en las relaciones personales… La llave hacia la realidad son las relaciones humanas, no los hechos y los razonamientos.”[21]
Recientemente, se me acercó una joven al concluir una de mis clases para compartir conmigo su entusiasmo por lo que estaba aprendiendo acerca de la Biblia y su decisión de ser bautizada. Le pregunté si había estado tomando estudios bíblicos y asintió explicándome que su profesor de arte era su instructor. Par mí esto ejemplifica el significado de “tener la verdad en el alma,” permitiendo que la verdad nos impulse a preocuparnos tanto como para tomar tiempo fuera del aula y conducir a una joven al gozo gradual en Cristo a través del estudio de su Palabra.
De acuerdo al relato del evangelio que cuenta como Cristo expulsa los demonios de dos hombres en la ribera este del Mar de Galilea, los antiguos poseídos le suplican al partir que les permita acompañarlo. Al contrario, el los insta a regresar a sus hogares y compartir las grandes cosas que Jesús hizo por ellos. Lucas nos dice (8:40) que cuando Cristo regresa al mismo lugar tiempo después, todos estaban ansiosos por escucharle.
Como cuerpo docente y personal de una institución educativa adventista haríamos bien en estar mucho más abiertos a compartir con nuestros alumnos el gran impacto que Cristo ha hecho en nuestras vidas, de modo que crezcan en su deseo de conocerle. Recuerdo lo que uno de mis hijos dijo al finalizar su estada de un año de estudios en un pequeño colegio superior metodista del sur de Illinois. Afirmó que nunca olvidaría el primer servicio religioso al cual asistió. El rector de la institución, dirigiéndose a los estudiantes, compartió con gran emoción como la maravillosa gracia de Dios lo transformó y enriqueció su peregrinaje.
En las palabras tomadas del libro Consejos para Padres, Maestros y Alumnos encuentro una síntesis cautivante de lo que es de importancia capital: “Los maestros deben hacer por sus alumnos algo más que impartir conocimiento de los libros. Su posición como guías e instructores de los jóvenes es su mayor responsabilidad, porque les ha sido confiada la obra de amoldar la mente y el carácter… El mismo maestro debería ser lo que desea que sus alumnos lleguen a ser… El maestro puede comprender muchas cosas con referencia al universo físico; puede saber lo referente a la estructura de la vida animal, conocer los descubrimientos de la ciencia natural, los inventos del arte mecánico; pero no puede llamarse educado, ni está preparado para trabajar como instructor de los jóvenes, a menos que tenga en su propia alma un conocimiento de Dios y de Cristo. No puede ser verdadero educador hasta tanto el mismo no esté aprendiendo en la escuela de Cristo, recibiendo una educación del Instructor divino.”[22] Que Dios nos ayude a ser “verdaderos educadores.”
[1] Ellen G. White, Counsels to Writer and Editors (Nashville, Tenn.; Southern Publ. Assn., 1946), p.35.
[2] Hebreos 12:2
[3] Mateo 7:23
[4] Mateo 18:6
[5] 1 de Corintios 8:9-13.
[6] Kermit Netteburg, “Thinking of the future,” Adventist Review (21 de septiembre de 1995), p. 13.
[7] Chuck Scriven, “Conviction and Truth in Adventist Education,” Ministry (enero de 2001), p. 20.
[8] Jacques Barzum, Begin here: The forgotten Condition of Teaching and Learning (Chicago: University of Chicago Press, 1991), p. 53.
[9] John J. Mearscheimer, “The Aims of Education Adress, “The University of Chicago Record” (23 de octubre de 1997), p. 7.
[10] Scriven, p. 21.
[11] Estoy endeudado con Scriven por un cierto número de ideas, incluyendo este ejemplo histórico desafiante que se encuentra en David Patterson, When Learned Men Morder: Essays on the Essence of Higher Education.
[12] Ellen G. White, True Education (Nampa, Id.: Pacific Press Publ. Assn., 2000), p. 12.
[13] Richard Osborn, “The Pursuit of Truth and Faith in Adventist Higher Education,” p. 8.
[14] White, True Education, p. 12.
[15] White, Consejos sobre la obra de la escuela sabática (Buenos Aires: asociación Casa Editora Sudamericana, 1992), p. 35.
[16] Osborn, The Pursuit of Truth and Faith in Adventist Higher Education, p. 8.
[17] Humberto M. Rasi, “What Makes a School Adventist?” Journal of Adventist Education (verano 2000), pp. 4, 5.
[18] Mateo 7:24 y 25.
[19] White, Testimonies for the Church (Mountain View, Calif.: Pacific Press Publ. Assn., 1948), vol. 1, p. 113.
[20] Osborn, “The Pursuit of Truth and Faith in Adventist Higher Education,” pp. 1, 2.
[21] Ibid., p. 8.
[22] White, Consejos para padres, maestros y alumnos acerca de la educación cristiana (Buenos Aire: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1991), p. 63.

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