miércoles, 18 de junio de 2008

Capítulo 6
La Integración de Fe y Enseñanza

Nuestra respuesta al dualismo que ha invadido la educación tradicional, es la integración, quees lo que distingue a una institución educativa adventista. Uno de los errores más comunes en la educación esconsiderar que ésta se limita al aula o, en el mejor de los casos, a todo lo que concierne al quehacer educacional; sin embargo, la educación es un proceso continuo, tan amplio como la vida misma, no es una integración tradicional del currículo, es integración de fe, enseñanza-aprendizaje y la vida.

El hecho de que nos estemos acercando rápidamente a la crisis final de la historia de este mundo, de que estamos llamados a seguir en nuestras escuelas una rutina distinta a las instituciones seculares, de que estamos conscientes de estar viviendo en los albores de la Segunda Venida, y de que se requiere que realcemos lo distintivo de la educación adventista, apartándonos de modelos ajenos, debe llevarnos a aplicar los principios de la educación adventista en el ejercicio de nuestro magisterio, tanto en lo relativo a nuestro testimonio personal como en el tratamiento de los contenidos de cada disciplina, así como también a ajustar nuestro desempeño profesional a los patrones propios de la educación adventista.
Nuestra obra educativa debe llevar siempre el sello de lo celestial y revelar así cuánto supera la instrucción divina al saber del mundo. La educación adventista no es igual a ninguna otra. Sí, comparte muchas de las metas, estrategias, métodos y actividades de otras, pero la filosofía sobre la que está construida es una separación tan radical de la norma que resulta revolucionaria en sus métodos y notable en sus productos. La teoría y práctica de la educación adventista es un proceso continuo de integración de la fe con el proceso de enseñanza-aprendizaje y la vida, con miras a desarrollar en la persona una vibrante fe viviente en Dios que es central a toda la existencia humana. Esta integración de fe y aprendizaje debe procurarse en todos los aspectos de la experiencia educacional con el fin de establecer en el educando una fe por la cual vivir. Abarca la totalidad de la experiencia humana desde el vientre hasta la tumba y en verdad se espera en principio que asegure al hombre un desarrollo continuo a través de las edades eternas (White 1952:13).

La integración, aparte de ser clave en una cosmovisión adventista, constituye lo distintivo de la educación adventista. Implica aceptar la premisa de que la educación no se limita al aula o, en el mejor de los casos, a todo lo que concierne al colegio, sino que se trata de un proceso continuo, tan amplio como la vida misma.

Este concepto vital de integración de la fe con el proceso de enseñanza-aprendizaje y la vida tiene, por cierto, una serie de implicancias de suma importancia para la teoría y la praxis educacional en la educación adventista, pues:

- afecta al currículo. La correlación entre las verdades del cristianismo y la enseñanza de nuestra propia disciplina debiera ser lo mas natural posible, no forzada ni calculada.
- afecta al desarrollo de las actitudes de los docentes, ya que implica una actitud hacia los valores y el estilo de vida cristianos. En la integración está implícita una actitud hacia los valores cristianos, hacia un estilo de vida cristiano (entendiendo por valores correctos aquellos que representan los objetivos de Dios para sus hijos.
- se realiza a través de la acción del profesor, tanto en lo que se refiere a su sólidafundamentación en los principios bíblicos como a su testimonio personal (influencia por modelamiento). No hay educación cristiana sin profesores cristianos. El profesor está antes que los contenidos de una asignatura. Con razón alguien dijo "la forma más efectiva de integrar cada asignatura de estudio con el cristianismo, es a través de profesores con una genuina cosmovisión cristiana.
- facilita al estudiante la posibilidad de pensar cristianamente, la capacidad de abordar cualquier disciplina del saber, con una perspectiva adventista. La mentalidad cristiana es prerrequisito del pensamiento cristiano y éste es prerrequisito de la acción cristiana. Sí estas premisas son ciertas entonces es crucial que la integración permita al estudiante pensar cristianamente. El desafío para nosotros profesores adventistas radica en cómo ordenar la mente del estudiante para hacerlo pensar desde la perspectiva de los cristianos. El problema no es sólo ganar almas, sino salvar mentes.
- procura profundizar la relación del estudiante con Dios, en orden a formar discípulos. Uno de nuestros objetivos fundamentales debe ser el de formar discípulos, pues aquí la finalidad no es el conocimiento por sí mismo. La tendencia frecuente a adaptar patrones racionalistas y academicistas debe evitarse, como también en cambio el conocimiento básicamente intelectualista, sino preferentemente profundizar nuestra vida de relación con Dios, haciendo de educadores y educandos seguidores conscientes y voluntarios del maestro, discipulado que se estimula por precepto y por modelamiento.
- permite organizar el currículo de manera que los contenidos bíblicos se distribuyan entre los diversos sub-sectores de la malla curricular.

El rol de la fe en la educación adventista

Humberto Rasi define la fe tanto como un don de Dios como una respuesta a Dios. Es un esfuerzo instintivo por alcanzar algo más grande que el propio yo y es realmente una respuesta a una sentida necesidad, que todos parecemos tener. Es un confiar en Dios que crece a medida que el hombre reconoce la grandeza y bondad de Dios a través de variados medios de revelación; un confiar que lo lleva al reconocimiento del Señorío de Dios y a rendirse crecientemente a su divino control. Es una presuposición básica para todo el pensamiento cristiano y es la fuerza motora y el factor determinante en el estilo de vida cristiano.

La educación es el "desarrollo armonioso " de los hijos de Dios en todas sus dimensiones, preparándolos para satisfacer los desafíos de vivir y servir en este mundo y el venidero (White 1952:13). Busca desarrollar a sus más plenos potenciales sus caracteres y de este modo capacitarlos para la vida eterna; el plan de salvación funcionando para redimir la humanidad caída. De este modo, la obra de la educación y la obra de redención son una y el conocimiento de Dios es la real esencia de la educación.

La filosofía que gobierna la educación adventista se construye sobre esta fe. Ve a Dios como la Realidad Última, Fuente y Sostenedor de toda la creación. En Él descansa nuestra razón para existir y nuestro último destino (Col. 1:17). Un conocimiento de Dios es vital y está disponible solamente a medida que Él se revela a Sí mismo, cosa que hace de buen grado. Él es La Verdad última. Todo lo que es verdadero en nuestro deseo de conocimiento apunta a Él y todo lo que posee verdad son meros febles reflectores de su omnisciencia (IAD Policy Book 1995:143)

Sus enseñanzas son las normas infalibles para la vida humana. Adherir a esto conduce a la felicidad y la realización eternas. El fallar en ello resulta en degradación., muerte, y pérdida eterna (1 Jn. 3:4; Rom. 6:23). La humanidad, aunque creada como una parte armoniosa del cosmos, gobernado por la ley Divina, escogió rebelarse, trayendo de este modo la era de declinación y destrucción para sí mismos y para el mundo natural. Desde esto, son restaurados parcial y gradualmente en tanto escojan realinearse con la voluntad Divina; y en último término, cuando Dios restaura la perfección original para aquellos que han hecho esta elección. Aunque manchada por el pecado, la creación de Dios, como lo ordena Su ley, presenta las mejores normas posibles de belleza y orden y apunta al que es Él mismo "todo amor."

La Integración

En las primeras etapas del proceso educacional debería comenzar la integración de fe y aprendizaje. En efecto, la propuesta presentada por Elena G. de White y que encuentra creciente apoyo en el pensamiento psicológico moderno (White 1980:255) sugiere que la influencia de la mente y las actitudes - -formulación del carácter del niño - -comienza antes del nacimiento.

Los primeros años son más impresionables. Aquí el niño no tiene no presuposiciones que influyan en su aprendizaje. Es importante que la información absorbida en esta etapa sea contextualizada por el buen pensamiento cristiano (Ibid., 175). De este modo la primera responsabilidad para la integración de fe y aprendizaje comienza en el hogar. La escuela también tiene una gran responsabilidad en internalizar una fe viviente en las mentes jóvenes. La mayor porción de cada día se pasa en la escuela cuando los niños en las edades impresionables son influenciados por sus pares y sus modelos de roles. Hoy mientras más y más hogares son reconocidos como disfuncionales, una creciente demanda es colocada sobre la escuela para proveer temprana preparación para los niños

La integración y la verdad. En el centro de todo pensamiento relacionado con la educación adventista nos encontramos con el problema de la integración. Una filosofía de la educación adoptada por un sistema educacional no presupone automáticamente que esté siendo puesta en práctica en forma consistente. Declarar lealtad a determinado punto de vista educativo es una cosa; integrar una escuela o colegio con todas sus partes: currículum, actividades estudiantiles y administrativas, etc. con ese punto de vista, es otra.

Esa es la razón por la que a veces nuestra educación es inadecuada. Basada sobre grandes doctrinas y sobre una visión del mundo cimentada en las verdades bíblicas, nuestra educación no siempre alcanza a mostrar cómo se pueden transformar esas verdades en una relación viviente y práctica.

A primera vista parecen existir dos temas separados: la verdad divina y la integración. Sin embargo, estos dos están estrechamente ligados. La verdad divina es de alcance universal, de manera que cada aspecto relacionado con la educación debe ser puesto en contacto con esa verdad. De este modo, integrar significa crear una unión viviente de las asignaturas, la administración, e incluso el personal, con el eterno e infinito modelo de la verdad divina.

El problema es ¿cómo lograr esta unidad? Aplicando el único principio unificador verdadero, la Palabra de Dios, las doctrinas bíblicas. Empero, subsiste el problema de cómo aplicarlo. Nuestra educación tiene aún mucho que aprender. El problema radica en que no todo el que habla de de educación adventista practica sus principios. Por ejemplo, ¿cuántas buenas escuelas adventistas están inconscientemente engañándose a sí mismas al pensar que por realizar cultos devocionales diarios, por tener un Departamento de Biblia y actividades adventistas para los alumnos, están centradas en Cristo y basadas en las enseñanzas bíblicas, cuando en realidad no lo han alcanzado? Adicionar asignaturas religiosas a los cursos normales del currículo es como añadir una capa gruesa de mayonesa al plato de verduras cuando éstas no están en las mejores condiciones. Lo que el cuerpo necesita no es la mayonesa, sino buenas y saludables verduras.

Para la educación adventista, el adoptar a Cristo y su Palabra como principio unificador significa reconocer que toda verdad es verdad divina. De hecho, nosotros otorgamos la primacía a la verdad espiritual revelada en la Biblia, pero eso no significa que aquellas facetas de verdad descubiertas por el hombre en el campo de la química, la matemática o la geografía contengan "menos" verdad divina que la anterior. El llamado, entonces, es a adquirir una perspectiva cristiano-global en nuestra educación.

El docente y la verdad. ¿Cómo se distingue lo verdadero de lo falso? Existen tres alternativas:
-la que toma en cuenta la revelación sola
-la que toma en cuenta la revelación más la razón
-la que toma en cuenta la razón sola

Aceptar solamente la revelación conduciría a lo irracional; considerar solamente a la razón no da crédito a la revelación divina y termina en el racionalismo humano. Aceptamos, pues, la segunda opción, revelación más razón: el cristiano halla la verdad en la revelación divina, la cual recibe por fe, pero la discierne por medio de la razón, que a su vez es iluminada por el Espíritu Santo.

Al momento en que una persona acepta que toda verdad es verdad divina, se compromete a realizar algo, pues en la Biblia la verdad está ligada a la acción, no existe una verdad meramente teórica. La manera más eficaz de integrar cada asignatura con el cristianismo es mediante maestros con una genuina visión adventista del mundo, ya que la visión que posea el maestro, si es efectiva, condiciona gradualmente la visión del mundo que desarrolla el alumno. En una u otra manera, el docente expresa las convicciones por la que vive, sean espiritualmente positivas o no.

Si el profesor es tan importante, deberíamos reflexionar acerca de la clase de perspectiva del mundo que poseen la mayoría de nuestros docentes. Muchos de nosotros fuimos formados en instituciones no adventistas. Esto no quiere decir que todos tengamos una cosmovisión secular, pues es posible mantener una correcta visión adventista en una atmósfera indiferente u hostil, pero hay que estar constantemente alertas. En verdad, muy pocos escapan de la influencia del secularismo en su pensamiento. A esto agreguemos el hecho de que no siempre hemos correlacionado nuestra asignatura con el cristianismo y, por otra parte, el que los textos que usamos son escritos por gente que generalmente no cree que toda verdad proviene de Dios.

Parece razonable esperar de cada docente una cosmovisión comprendida por él/ella en forma inteligente y sostenida con convicción, edificada sobre la base fundamental del estudio bíblico personal y también de los escritos de grandes pensadores cristianos. El maestro que estudie su Biblia no será menos competente en su asignatura "secular"; por el contrario, no se siente obligado a forzar una reconciliación entre su especialidad y el cristianismo, sino que existe en su enseñanza una transmisión natural de referencias y actitudes adventistas. Así, la religión no será más un estanco separado de las demás asignaturas en el currículum, sino que estará orgánicamente integrada a las clases de matemáticas, historia, literatura o ciencias.

Para que esto funcione no se requiere necesariamente contar con un Departamento de Religión (aunque siempre se necesitará una persona preparada técnicamente para enseñar las Escrituras). Más bien, se cada docente debiera estar capacitado –y entusiasmado ante la perspectiva de- impartir religión en su asignatura (integración) y también de impartir la clase de Religión a un curso, preferentemente el suyo. No necesitan ser eruditos en temas bíblicos, sino simplemente ser consagrados y auténticos cristianos.

El desafío es grande y está dirigido hacia aquellos maestros cristianos que buscan primeramente la gloria de Dios en todas las cosas. Las asignaturas nos dan la oportunidad de comprobar la relación existente entre el cristianismo y los otros campos del conocimiento, aunque en algunas de las, como en el caso de las matemáticas, sea un tanto difícil integrarlas con el cristianismo, es decir, relacionarlas con la fe.

Idealmente, el amplio espectro de los contenidos bíblicos debería distribuirse entre las diversas asignaturas del programa, para evitar, que la enseñanza de la Biblia aparezca como una isla espiritual en un mar secular. Los contenidos podrían estar orgánicamente unidos a las clases de ciencias, artes, historia, matemáticas, literatura, etc. en lugar de un departamento de religión, Biblia o capellanía, separado, debería procurarse que los profesores de las distintas asignaturas den instrucción de contenidos bíblicos, no se espera que sean expertos en Biblia, sino individuos cuya experiencia espiritual e intelectual esté cimentada en la Biblia.

La educación adventista está llamada a guiar el camino hacia cosas más elevadas. Para ello es indispensable que las escuelas y colegios adventistas aboguen por una filosofía de la música, por ejemplo, de los deportes y la recreación, que esté de acuerdo con el Evangelio.

La verdad a nivel extra-áulico. La verdad divina abarca el mundo y todo lo que en él está, incluyendo también el universo completo. Es por ello que también fuera del aula de clases encontramos problemas relacionados con la educación adventista. La educación es más que profesores y asignaturas. La escuela posee un determinado ambiente en que se mueve y existe y una determinada política educativa que va más allá del aula; y esto es también parte de la verdad de Dios como lo son las materias de estudio. De manera que el proceso integrador se traslada del profesor, o de una asignatura en particular, a un nivel institucional, en el cual toda la escuela o colegio se ve involucrada.

El programa extracurricular. Las actividades comúnmente llamadas "extracurriculares" son una parte vital de la educación. Hoy en día reconocemos que los hobbies, los grupos de debate y asociaciones literarias, las publicaciones, las bandas musicales, los coros, y aun las actividades atléticas y deportivas forman parte de la experiencia educacional; y por lo tanto, tienen su lugar dentro de la verdad divina; y no menos que la matemática o la ciencia, la historia o la literatura, deben ir acopladas a ella.
Por cierto, necesario aplicar ciertos “filtros de control” en orden a seleccionar aquellas actividades que resulten pertinentes dentro de la educación adventista. ¿Cuáles son las actividades permisibles, y cuáles no? La Biblia tiene la respuesta, ya que el Nuevo Testamento nos proporciona un principio que sirve de criterio para elegir un tipo de educación que honre a Dios no solamente en el aula, sino también en cada sección de su programa (Col. 3: 17): Todo lo edificante, todo lo alegre, y toda actividad verdaderamente recreativa está dentro de su alcance, de manera que sólo aquellas cosas verdaderas y dignas de alabanza pueden pasar con éxito la aplicación de este principio. Cualquier trabajo bien hecho, aun como hobby o recreación, cualquier esfuerzo realizado con espíritu altruista, cualquier actividad que contribuya a una vida de eficaz servicio a Dios y al prójimo, pertenece a la verdad divina por completo; tanto como puede pertenecerle la más cuidadosa y planificada asignatura filosófica o bíblica (Lea nuevamente Col.3: 17). De aquí deducimos el importante principio de que la relevancia adventista de lo que hacemos no se halla solamente determinada por lo que hacemos en sí; sino también por la manera en que esa actividad es realizada.

Sin embargo, interesa más el "cómo" que el "qué" de una actividad. Efectivamente, la integración de fe y enseñanza (IFE) está relacionada con otras cosas aparte de las asignaturas de estudio; es también una cuestión de método. El maestro que se entrega a sí mismo a la tarea con real dedicación y el alumno que no se contenta con sólo "pasarla bien" sino que hace más de lo que le piden, demuestra que sus motivaciones traspasan los límites de la realización personal, y que buscan la gloria de Dios. La esencia de este principio la encontramos en la Parábola de los Talentos, en la cual el Señor premia el empleo más que la cantidad de dones que una Persona posea.

La Disciplina en la Integración de Fe y Enseñanza-Aprendizaje. También en el campo de la disciplina corresponde introducir elementos de integración. Esto, a través de la aplicación de un sistema disciplinario que consta de unas pocas reglas establecidas en un contexto de amor, de respeto, dignidad, oración, paciencia, confianza y longanimidad, en el cual se sostienen con firmeza las normas, buscando como primera prioridad el reconocimiento de las faltas y la autodisciplina y mostrando la posibilidad real de transformación con la ayuda de Dios. La integración en esta área implica que se administre la disciplina de manera personalizada, consistente y "redentora", cuya meta sea el cambio de conducta como consecuencia de la propia convicción.

La manera en que es tratado un alumno descarriado habla mucho acerca del que aplica la disciplina. Aquí el centro de la integración se traslada a fundamentos tales como el amor, la justicia, y la responsabilidad: "Pero el más grande de éstos es el amor". Por lo tanto, el que aplica la disciplina debe estar familiarizado con el amor de Cristo. Su motivación primordial debiera ser nada menos que el nuevo mandamiento de Juan 13:34. En realidad, el problema, más que racional, se interna profundamente en el plano emocional. Si bien la fe permanece como la más grande fuerza de estabilidad interior, no es realista suponer que la juventud está inmune a los problemas emocionales de nuestro tiempo. Aunque es necesario simpatizar con esos problemas, el sentimentalismo no debe encontrar lugar si es que estamos tratando de ofrecer una solución. Al mismo tiempo que mostramos compasión hacia el individuo y sus necesidades, debemos poseer a veces poseer la fuerza suficiente para tratar severamente al individuo, en vista de su responsabilidad para con el grupo.

Obtener un manejo genuinamente cristiano de la disciplina es algo muy costoso; no puede ser logrado sin el empleo de preciosas horas para tal efecto. La comprensión paciente, la disposición de aclarar una determinada situación, y sobre todo, el dedicar tiempo para orar acerca del asunto, son cosas esenciales para la administración de la disciplina en un marco de integridad adventista. El resultado consistirá a veces en tomar drásticas medidas, pero aun entonces el amor cristiano hará su trabajo de restaurar y sanar las heridas producidas.

Los servicios religiosos. A primera vista parecería una situación obvia. Sin embargo, es posible que una escuela o colegio lleve a cabo servicios formalmente impecables, pero no integrados con su finalidad adventista. Debe evitarse que la mayoría de las reuniones religiosas estén dirigidas por la misma persona, sino los cultos se asignen a diversos miembros del personal, como también a ciertos alumnos representativos. En una escuela tal, el personal por completo debe tomar parte en los cultos, lo que bien puede causar en las mentes juveniles una impresión imposible de olvidar.

El desafío a tomar una decisión por Cristo está siempre presente. Si se llevan a cabo reuniones especiales, los resultados más eficaces son por lo general los que se logran en la tranquilidad de una charla confidencial.

La Evaluación en la Integración de Fe y Enseñanza-Aprendizaje. En esta área la integración requiere que se administre siempre en un sentido positivo, procurando no provocar ansiedad en los alumnos y más bien promoviendo el aprendizaje a través de mediciones periódicas, bien anunciadas y con carácter eminentemente redentor, construidas en forma profesional. Para ello se asegura de ajustarse a los contenidos entregados y de contar con pautas claras y confiables. Deben ser construidos en forma profesional, tomando en cuenta las diferencias individuales, con objetividad e imparcialidad y basándose en conceptos tales como la justicia, la igualdad y la equidad.

En la filosofía adventista de la educación, se entiende que a la hora de evaluar la misericordia debe prevalecer por sobre la justicia, que se debe investigar respecto de las circunstancias que influyen en un bajo rendimiento.

La Orientación en la Integración de Fe y Enseñanza-Aprendizaje. El proceso de orientación educacional se realiza haciendo continuas referencias a principios y episodios bíblicos, resaltando los valores morales, éticos y sociales representados por los héroes de la Biblia, haciendo prevalecer principios de sinceridad, humanidad, transparencia, amor, fe, bondad e integridad, y manteniendo una actitud respetuosa en el proceso de aconsejamiento, evitando el imponer soluciones, sino más bien procurando mostrar caminos posibles.
La Integración en las Relaciones Interpersonales. La relación profesor/alumno se caracteriza por considerar a los alumnos como hijos de Dios. Por otro lado, en el plano laboral implica tomar conciencia de que el trabajo docente no sólo debe remitirse al aula y a los alumnos, sino que también debe ser compartido con los colegas y con los superiores, unificando criterios, fomentado el diálogo e intercambiando experiencias.
El Rol del Docente en la Integración de Fe y Enseñanza-Aprendizaje. El profesor desempeña un papel de central importancia. De forma ideal, el profesor debería ser un cristiano adventista comprometido y un modelo del papel ejemplar de gracia y competencia profesionales adventistas. De hecho, la filosofía adventista de la educación considera que es posible introducir elementos de integración relativos al testimonio personal, tales como una relación consecuente entre lo que el profesor enseña y lo que practica, un estilo de vida que quede grabado positivamente en la memoria del alumno, actitudes adecuadas en lo referente a reconocimiento de errores y a evitar conductas extremas de rigidez e intolerancia frente a ideas o conductas divergentes, etc.

La enseñanza adventista como vocación es una dura tarea, un trabajo física y mentalmente cansador, pero al mismo tiempo estimulante. De allí que el enseñar sea solamente para aquellos que sienten afición por los jóvenes. Para aquellos que son llamados, para aquellos que experimentan por la juventud un amor y simpatía semejantes a las de Cristo, la educación adventista es una tarea gloriosa. Significa habérselas nada menos que con el más importante y precioso material' de este mundo: almas humanas en crecimiento. Pocas profesiones llevan a cuestas tan claramente las marcas del Señor Jesús: Marcas de auto-sacrificio. La más grande recompensa que puede recibir un maestro cristiano no proviene de sus progresos personales, sino de observar que sus alumnos, bajo la dirección divina, logran mucho más de lo que él había siquiera anhelado.

Para aquellos a quienes Dios llama a servir, la educación adventista constituye un campo ampliamente abierto a las posibilidades del maestro. Hay un trabajo de pioneros que realizar. "Para estas cosas, ¿quién es suficiente?" (2 Cor .2: 16) Sin embargo, podemos tener la seguridad de que si estamos identificados con el servicio a Cristo por medio de la educación adventista, "nuestra suficiencia viene de Dios" (2 Cor3.5).

Frente al ser sin formar, el docente cristiano representa al mundo formado de la cultura, de los valores de la familia, la Iglesia y la comunidad. En sus manos está depositado en gran medida el porvenir de la Iglesia y el progreso del país. Esto hace que la suya no sea una mera profesión, sino verdaderamente una misión. Para cumplir dicha misión, necesita sentirse profundamente atraído por la labor educadora, debe poseer una auténtica vocación. No puede ser un funcionario que cumple sus funciones como un simple medio de subsistencia.

Enseñar es hoy una suerte de arte que exige, de parte del docente, un pensamiento y una acción responsables, como también una clara comprensión de las implicancias psicológicas, sociológicas y filosóficas de la interacción humana.

Es de suma importancia que el educador cristiano comprenda el sustrato filosófico que orienta su quehacer, de manera que, con la flexibilidad propia de su impronta personal, pueda aplicar los principios educacionales derivados de su cosmovisión. Para alcanzar los objetivos que sus mandantes (Estado, Iglesia, familia) le fijan debe conocerlos e internalizarlos, aunque siempre cuidando de dar un tono personal.

Guiadores del aprendizaje. Su papel es el de propiciar un clima en el cual las potencialidades del alumno puedan emerger, una atmósfera de aceptación de su modo de ser. Para ello necesita aceptar a la persona y ayudarle a descubrir cuáles son sus aptitudes, aquello para lo cual está dotada y para lo cual no está. Guiarla de tal manera que pueda hallar satisfacción en su proceso de crecimiento y de autorrealización, a tal punto que no sienta temor de expresarse, de actuar, de experimentar e, incluso, de errar.

Si bien es cierto que la autorrealización es en último término obra del sujeto que "se está haciendo", es indiscutiblemente obra de los educadores apoyarlo en ello y hacerlo vivir de manera constructiva la propia obligación respecto a esta obra vital. Ello, porque la autorrealización no es un proceso que se verifique paralelamente al crecimiento ni que se desenvuelva a partir de una disposición natural de su estructura psicobiológica, ni tampoco a partir de condiciones sociales dadas, sino que deriva de un obrar personal, aun cuando en ocasiones no sea consciente y reflexivo.

¿De qué manera puede el educador permitir que el educando se autorrealice? Creando las situaciones socioculturales que hagan al individuo concretizar una toma de posición personal, que le hagan sentir la responsabilidad de decidir la propia vida y le ayuden a sentir la necesidad de una autodeterminación responsable. En otras palabras, siendo miembros de un pueblo que habrá de afrontar un duro conflicto con grandes mayorías, los educadores debiéramos proporcionar a nuestros alumnos las condiciones que les permitan convertirse en sujetos capaces de decidir de manera inteligente y con orientación personal, sintiéndose responsables por sus decisiones; en individuos con espíritu crítico, flexibles ante nuevas condiciones, no rígidos, que se adapten inteligentemente a ellas, utilizando en forma creadora y libre todas las experiencias pertinentes; en sujetos que sean capaces de cooperar creativa y no competitivamente con otros para el logro de objetivos comunes.

Esta forma de mirar el problema exige el planteamiento de una pedagogía que facilite el desenvolvimiento de la persona, cuyo punto central no se ubica en la habilidad docente, ni en la cultura del maestro, ni en los programas de estudio, ni en los recursos disponibles, ni en ningún otro elemento que no sea la relación particular entre profesor y alumno. En esta relación pedagógica el ejemplo vale más que la palabra; lo que forma e instruye no es lo que el maestro dice, sino lo que hace y lo que es. Así, el maestro se constituye en un modelo para el educando, un modelo vivo, actual.

Esta tarea exige al profesor ser una persona madura, capaz de establecer una comunicación espontánea, gratificante, que muestra alegría y satisfacción por tener la oportunidad de estar en contacto con sus alumnos, orientándolos e incentivándolos a estar en un constante y permanente proceso de llegar a ser personas, en un aula donde éstos encuentran un clima afectivo, equilibrado, que provoca una sensación de bienestar, pues se reconocen los derechos y la dignidad de cada uno de los participantes del proceso enseñanza-aprendizaje y está siempre latente la necesidad de buscar y alcanzar el desarrollo integral del ser humano.

El educador no puede ser un mero observador, sino que está llamado a ser quien cree las situaciones de aprendizaje, motive al alumno a asumir su rol de agente de su propio aprendizaje, le corrija cuando falle y le felicite cuando acierte. Esto implica ciertos riesgos: por una parte, es posible que, en el afán de respetar al alumno en sus decisiones, de permitirle ser el gestor de su propio desarrollo y de determinar su personal ritmo de trabajo, le abandonemos a la mediocridad o a las decisiones de su capricho.
Por otro lado, podemos pretender que cambie, pero que lo haga según nuestro parecer. Aunque pudiésemos hacerlo bondadosamente, de todas maneras significa imposición. Podemos apreciar, entonces, que la educación no es un término medio, sino un difícil equilibrio entre el procurar aceptar al educando tal como es y, al mismo tiempo, conducirlo por un camino superior sin forzar su voluntad.

La educación verdadera supone siempre la labor creadora y consciente del sujeto que se educa y requiere una decisión voluntaria y libre por parte de éste. La educación auténtica supone también un estímulo, una ayuda por parte del educador, y un despertar, un desenvolvimiento espontáneo y libre por parte del educando. Ahora bien, el énfasis en la relación profesor-alumno no implica dejar de lado el programa de estudios que el primero ha elaborado, pues éste es el instrumento básico que guía el quehacer docente. Por lo tanto, lo que corresponde es desarrollar dicho programa en forma tal que los objetivos, contenidos y actividades seleccionados posean un claro sentido orientador, de apoyo a las necesidades e intereses de los educandos.

El proceso formador adventista es un proceso de formación de valores en el cual resulta ser de vital importancia que el docente comprenda que su papel no consiste en imponer su personal cosmovisión, sino que entienda que su labor como tal consiste en proponérsela como la mejor opción y en crear las condiciones para que sus alumnos establezcan la propia.

En este rol de propiciador del proceso de valoración, puede alentar a sus alumnos para que hagan sus elecciones con toda libertad, ayudarlos a descubrir y examinar las alternativas que se presentan al momento de elegir, apoyarlos en la consideración de dichas alternativas, orientándolos en la reflexión sobre las consecuencias de cada una, incentivándolos a actuar, a conducirse y a vivir de acuerdo con las opciones elegidas.

Un estilo docente apropiado para la educación del carácter. La conducción de la acción educativa implica una amplia gama de estilos, los que corresponden, en última instancia, a las dimensiones idiosincráticas de cada profesor en el aula, al particular sello que cada uno le imprime a su quehacer docente, tanto dentro como fuera del aula. Un examen detenido de los procedimientos curriculares indica que efectivamente cada docente presenta a sus alumnos un patrón conductual personal que lo hace distinto a sus colegas en cuanto al modo de conducir el proceso educativo.

No todas las prácticas que se observan en nuestras aulas resultan consonantes con nuestros postulados educacionales. La educación adventista necesita estilos docentes que se adecuen a los lineamientos que nuestra filosofía educacional supone. Aquellos estilos que implican actitudes extremas (es decir, el autoritarismo o el "laissez faire") hacen evidentes ciertas incompatibilidades con nuestra filosofía educacional. En general, distingo cinco estilos docentes básicos como posibles de manifestarse en toda acción educativa: directivo autocrático, directivo, facilitador-directivo, facilitador, laissez-faire.

a) el estilo directivo autocrático describe la acción del profesor que aparece como exclusivo autor de todas las decisiones referidas al proceso de enseñanza-aprendizaje, sin consultar jamás con los alumnos, sin fomentar el diálogo, sin dar oportunidad de participación ni de iniciativa personal. Obviamente, se torna en el único emisor y los alumnos aparecen como meros receptores pasivos: él (ella) es quien decide cuáles procedimientos y formas de enseñanzas aplicar, sin considerar las diferencias individuales, ni las necesidades o intereses de los alumnos.
b) el estilo directivo es también un estilo docente que favorece un papel excesivamente pasivo del alumno: es el del profesor que sólo consulta ocasionalmente a sus alumnos en cuanto a la conducción de la acción curricular dentro del aula y que rara vez da oportunidad de participación y de iniciativa personal a los alumnos; fomenta muy escasamente el diálogo.

En estos dos estilos es evidente el predominio de un enfoque frontal, la enseñanza expositiva, en que el profesor expone una materia determinada ante un grupo curso que se limita a escuchar, idealmente en silencio. Esta aproximación a la enseñanza significa un serio obstáculo para la participación personal, debido a ciertos factores:
§ i) profesor =expositor ii) profesor = enseñador
§ iii) profesor = autor de todas las decisiones
§ iv) alumno = mero reproductor del profesor
i) el profesor es percibido como el expositor, el relator de un saber al cual los alumnos deben escuchar y mirar, sin importar qué piensan o sienten al respecto. Profesor y alumnos no interactúan, no comparten nada ni llegan a conocerse.
ii) el profesor se encierra en su tarea de enseñar, solamente enseñar y los alumnos están conscientes de que papel es aprender, nunca enseñar, aunque en la vida real aprender y enseñar sean realidades habituales en la experiencia de todos.
iii) el profesor dicta las formas de trabajo y toma todas las decisiones: contenidos a desarrollar, tipo de tareas, recursos a utilizar, plazos de cumplimiento, etc. La creatividad no tiene cabida, como tampoco la expresión de necesidades o inquietudes personales.
iv) los alumnos se limitan a reproducir lo enseñado por el profesor, tras incorporar la enseñanza recibida en su memoria. No hay mayores evidencias de comprensión, sino simplemente memorización, pues ésta es la que resulta más coherente con el método expositivo.

c) el estilo facilitador-directivo es el del profesor que toma la mayoría de las decisiones curriculares referidas al aula, pero consultando a los alumnos, sin imponer necesariamente su criterio; propone los objetivos, los contenidos y las actividades a la consideración de sus estudiantes, fomentando el diálogo y la oportunidad de participación y de iniciativa personal del alumno. Aquí el profesor se alterna con sus alumnos en los roles de emisor y receptor.
d) el estilo facilitador corresponde a la acción educativa desarrollada sobre la base de criterios consistentes y compartidos, los cuales emanan de las iniciativas de cualesquiera de los miembros de la comunidad educativa. Es facilitador en el sentido que el profesor deja principalmente a los alumnos tomar las decisiones en lo que atañe al proceso de enseñanza-aprendizaje, respetando sus criterios, aunque favoreciendo siempre, claro, la consistencia con las normas de la Unidad Educativa: en este contexto, permite a los alumnos decidir en cuanto a los procedimientos y estrategias metodológicas que les ayuden a alcanzar los aprendizajes por ellos deseados. Fomenta altamente el diálogo y se brinda permanentemente oportunidad de diálogo y de iniciativa personal de los estudiantes. Ellos son quienes - de preferencia - proponen y se responsabilizan por el proceso de enseñanza-aprendizaje.
e) el estilo laissez-faire corresponde al del docente que desarrolla su acción educativa sin normas y sin compromiso sistemático con propósito alguno, permitiendo que sean los alumnos los que mayormente tomen las decisiones en cuanto a la acción curricular dentro del aula, pero sin considerar criterio alguno externo a ellos, seleccionando sus propios objetivos, contenidos y actividades al margen de toda norma. Deja que la interacción, el compromiso y la responsabilidad de las acciones a desarrollar dependan casi en forma absoluta de los estudiantes, de tal manera que cada alumno decide por sí mismo qué procedimientos y formas de aprender utilizar, basándose solamente en sus propios intereses.

De esta descripción es fácil advertir que no todos los estilos ofrecen igual grado de consonancia con las concepciones educacionales adventistas. Considero que el estilo facilitador-directivo, que combina el respeto por la individualidad y la dignidad de la persona del alumno con la intencionalidad que el proceso formador cristiano necesariamente conlleva, es el que presenta una más alta consistencia con los fines y principios educativos emanados de una cosmovisión y una filosofía educacional adventistas.

El estilo facilitador, por su parte, aunque presenta cierto nivel de consistencia, coloca excesiva responsabilidad en el alumno en la determinación de su proyecto de vida, ignorando las limitaciones naturales de su etapa de desarrollo. En relación con los otros tres, estimo que el estilo directivo aparece como una actitud docente neutra, en tanto que el directivo autocrático y el laissez-faire me resultan abiertamente inconsistentes.

La razón por la que privilegio el estilo facilitador-directivo como el de mayor consonancia con el enfoque curricular adventista radica en dos aspectos:
a) el hecho de que nuestra filosofía educacional haga que el proceso educativo que se lleva a cabo sea fuertemente intencional, apuntando a metas muy claramente definidas, hace necesario un estilo directivo que asegure la direccionalidad del proceso, a despecho de los postulados humanísticos hoy en boga.
b) la concepción del ser humano como persona, criatura de Dios, determina que la acción docente sea facilitadora, propiciadora de la realización personal.

La combinación de estos dos elementos constituye la fórmula que, a mi juicio, mejor define lo que ha de ser el rol del educador adventista. Sin embargo, pareciera ser que la conducta docente prevaleciente en nuestras aulas es la de un directivismo traducido en una abundancia de reglas y órdenes, predeterminando toda la actividad de los estudiantes e impidiendo mejores oportunidades de autodeterminación y de creatividad.

No es difícil advertir que somos los maestros los que siempre establecemos las normas internas, los que aprobamos o rechazamos el trabajo de los alumnos, los que determinamos objetivos, contenidos y actividades a desarrollar en el aula, y los únicos que actuamos como intermediarios de los conductos regulares de comunicación, a despecho de la opinión de importantes autores.

Tomemos, por ejemplo, la siguiente declaración:
"Ese fuerte dirigismo no contribuye a que se alcancen, sino a que se malogren los fines educativos propuestos por la mayoría de los enseñantes. Una enseñanza directiva semejante durante más de diez años es una de las razones por las que los adultos no viven sino en muy corta medida el comportamiento social, intelectual y emocional para el que estarían básicamente capacitados... El dirigismo no enseña a los escolares a autodeterminarse. Sus acciones se producen, sobre todo, en respuesta a las órdenes o exigencias de sus maestros. No pueden tener así una experiencia personal de sus propias cualidades, posibilidades o errores. No tienen oportunidad alguna de aprender un uso razonable de las libertades que se le conceden... La continua planificación desde fuera ejercida por el maestro habrá motivado el que los alumnos no aprendan a desarrollar estructuraciones internas, es decir, a encontrar en sí mismos normas, jerarquizaciones y métodos" (1).

Es fundamental que el educador ofrezca una escala de valores y una acción educativa consistente con ella, expresada en estilos de conducción de la acción curricular que sean coherentes con el sustrato filosófico que subyace al quehacer educativo. Sin embargo, no es infrecuente encontrar en nuestra labor claras incongruencias entre el plano del discurso pedagógico y el de la práctica educacional habitual.

La actualización del estilo docente facilitador-directivo supone la participación activa del estudiante, no tan sólo como un tema de conocimiento, aprehensible por el estudio y por las posibilidades de intelección racional, sino también como un valor y una actitud. Así, la participación activa surge de valores de participación personal que necesitan generarse en todos los espacios y en todos los momentos en que los seres humanos construyen su desarrollo, uno de los cuales es la escuela.

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